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Carmen López Hernández

Lic. Phil. Psychologist

Master in Human Resources

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Inconformismo

Carmen López

Psicóloga. Master en Recursos Humanos.

 

La línea más corta

 

En un famoso experimento llevado a cabo por el psicólogo estadounidense Solomon Asch en 1951, se preguntó a una serie de personas si una línea dibujada en una pizarra era más larga, igual o más corta que otra. La respuesta se daba en voz alta y en grupo. A pesar de la obviedad de la respuesta, todas las personas daban la respuesta errónea a propósito siguiendo instrucciones del psicólogo. Cuando llegaba el turno del único individuo que no había recibido instrucciones y se le pedía que diera la respuesta, éste se encontraba con un dilema: Dar la respuesta correcta (absolutamente obvia) o cometer deliberadamente un error para no convertirse en un elemento discordante dentro del grupo. 

 

Solo un 25% de las personas se mantuvo siempre firme dando la respuesta correcta a pesar de la presión del grupo. Esto quiere decir, que tres de cada cuatro participantes desviaron en mayor o menor medida sus respuestas fallando a propósito para ajustarse a la opinión mayoritaria. Es lo que se llama conformismo social

 

Los humanos somos seres sociales. Esta característica explica una gran parte de nuestra supremacía frente a otros animales más fuertes, rápidos o mejor adaptados al clima. Nuestra capacidad de desarrollo y supervivencia como grupo es infinitamente mayor que como individuos aislados. 

 

Hoy en día los vínculos sociales y la pertenencia a una familia, a un grupo de amigos o a una empresa son fundamentales no sólo para el éxito personal, sino para nuestra salud mental. Hemos de conformar nuestra vida alrededor de grupos, porque nuestra propia biología nos impulsa a ello: El cerebro analiza las caras de la gente que nos rodea buscando signos de aceptación, y cuando no los encuentra o encuentra rechazo dispara señales de alarma que intentan corregir nuestra conducta. Por eso la sensación de rechazo social, la pérdida de un trabajo, de estatus, la marginación y el bulling tienen consecuencias tan devastadoras. 

 

Sin embargo el conformismo social puede llevar a un grupo o a una empresa al desastre cuando los valores y las creencias del grupo están equivocadas. Muchos individuos detectan los problemas, pero solo los inconformistas toman la iniciativa y reaccionan.

 

El inconformista puede actuar de dos maneras: Tratar de cambiar los valores del grupo o abandonarlo. La primera posibilidad es un clásico ejemplo de liderazgo, de personas capaces de levantarse para tratar de cambiar el status-quo por el bien del grupo. La segunda posibilidad es seguida por los independientes, individuos que prefieren seguir su propio camino abandonando al grupo.

 

El inconformista en la empresa

 

El inconformista es un valor en la empresa, pues detecta los problemas y los pone encima de la mesa antes de que se conviertan en inmanejables. La dificultad se encuentra en que en muchas ocasiones arrojar luz sobre un problema puede desafiar los privilegios de unos pocos. 

No hay que confundir al inconformista con los individuos a los cuales todo le parece mal. La diferencia entre un inconformista y un quejica es que el primero detecta el problema y propone soluciones. El segundo solo ve problemas, incluso donde no los hay.

 

Una empresa con éxito tiene dos problemas: El inmovilismo y la autocomplacencia. Si hasta ahora una determinada forma de funcionar le ha proporcionado éxito, la tendencia natural del grupo es seguir haciendo lo mismo. ¿Por qué cambiar? El problema es que el mundo cambia, y con el cambio nuestra empresa puede pasar de ser líder a ser sobrepasada en cuestión de meses. En estos casos el inconformista detecta los cambios, avisa y desafía a la empresa para que tome estrategias más arriesgadas para asegurar su supervivencia futura.

 

Un buen líder ha de buscar al inconformista, escucharlo y protegerlo frente a la presión del grupo. No ha de seguir todas sus indicaciones, pero es siempre una fuente de innovación y desarrollo saludable para la empresa.

 

Romper las reglas. Crear nuevas reglas.

 

Hace unos años un arquitecto fundó un estudio con un socio. Para ser conocido, en aquella época era fundamental aparecer en una revista de arquitectura de ámbito nacional. Las posibilidades eran mínimas, por no decir imposibles. No tenían contactos, habían desarrollado pocos proyectos, llevaban solo 5 años construyendo y no se habían presentado a ningún concurso de arquitectura. La solución: Crearon e imprimieron no una revista, sino su propio libro de arquitectura con sus obras. Las repartieron entre clientes y posibles clientes y el éxito fue inmediato.

 

En 1860 un pintor, si quería ser alguien en París, tenía que exponer en “El Salón”, una exposición anual que congregaba obras de los mejores pintores de Francia. Una serie de expertos seleccionaban las obras en base a su composición (clásica a ser posible), temática (casi siempre relacionada con héroes o dioses) y técnica (si no se veían los trazos del pincel y parecía una fotografía, mejor).

Un grupo de amigos, pintores, entendían el arte de otra manera. Pintaban escenas de gente corriente, sus pinceladas eran evidentes, en muchos casos exageradas y la composición clásica brillaba por su ausencia en sus cuadros. Vivían en la más absoluta pobreza, y sabían que ser seleccionados para “El Salón” era su pasaporte al reconocimiento y una vida acomodada. 

Tenían que elegir: Renunciar a su concepto de arte y ajustarse al estilo que el jurado del Salón imponía, o seguir condenados a la pobreza y la irrelevancia. Eligieron una tercera vía: Crearon su propia exposición. En un piso del centro de París colgaron más de 150 de sus cuadros. A pesar de la mofa inicial y las críticas por su estilo pronto adquirieron notoriedad. Entre ellos estaban Cezanne, Renoir y Degás. Fueron los creadores del Impresionismo. Cambiaron el concepto de arte y hoy muchas de sus obras se valoran en miles de millones de Euros.

 

Estos son dos ejemplos de cómo el inconformista se salta las reglas establecidas para crear las suyas propias. Como cuenta Malcom Gladwell en su libro David contra Goliat, para luchar contra el status quo (Goliath) y vencerlo nunca hay que hacerlo cuerpo a cuerpo. En un ataque directo Goliath es invencible. Hay que hacerlo por sorpresa, desde la distancia y según nuestras propias reglas. Hemos de ser rápidos y ágiles. Hemos de ser como David.